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OPINIÓN

 



 

COLOMBIA HOY: LA CRISIS DE LA POLÍTICA

Pedro Santana Rodríguez
El autor es el Presidente de la Corporación Viva la Ciudadanía de Colombia. Director de la Revista Foro.


Desde el punto de vista formal las instituciones políticas colombianas son de las más estables de la región. En los últimos 150 años sólo ha habido un golpe militar, o golpe de opinión como eufemísticamente se llama en los círculos dominantes, al Golpe militar propiciado por Gustavo Rojas Pinilla

en los años cincuenta del siglo XX. Este fue un golpe de corta duración propiciado para salir de la guerra civil del medio siglo en que los partidos tradicionales liberal y conservador se habían trenzado en una aguda confrontación militar que cubrió, en su fase más devastadora, unos tres lustros, a raíz del asesinato del líder Jorge Eliécer Gaitán, nefasto hecho ocurrido el 9 de abril del año de 1948. Con este asesinato se frustraron, en buena medida, un conjunto de reformas que buscaban la construcción de una sociedad más moderna y más democrática, y que introdujeran transformaciones para la construcción de un proyecto ligado a la modernidad tanto en la vida social, política, económica y cultural del país.

Para intentar salir de la virtual guerra civil, las elites primero se pusieron de acuerdo en un golpe militar, que una vez conjurado el peligro de generalización de la confrontación armada, sirvió también para un segundo pacto sui generis, que se denominó Frente Nacional, por medio del cual los partidos tradicionales se repartieron el poder del Estado de manera exclusiva por un término de dieciséis años pero que fue prolongado y en la práctica tuvo una vigencia de veintiocho años. Por medio de este pacto, los partidos liberal y conservador se abrogaron, en un exabrupto antidemocrático, el exclusivo derecho de gobernar y de ocupar los cargos públicos y repartirse el presupuesto. Este pacto reafirmó las características más estructurales de nuestro régimen político, que en términos generales son rasgos comunes al conjunto de la región latinoamericana en general y a la región andina en particular.

Estos rasgos estructurales constituyen en parte los grandes obstáculos al proceso de construcción de sociedades modernas, democráticas e incluyentes, pujantes, con modernos sistemas políticos y con necesidades básicas satisfechas para la mayoría de su población. El problema viene de muy atrás, viene desde la colonia en la cual se instauraron sistemas políticos y estructuras estatales nacidas en otras latitudes, las cuales apenas muy lentamente, se fueron adaptando a la realidad de nuestros países en que la mayoría de la población es mestiza, y la cual, durante más de un siglo, hasta mediados del siglo XX seguía siendo predominantemente rural. Esas estructuras estatales en estricto sentido existieron antes que las naciones, antes que los mercados, antes que las mentalidades de esos pobladores mestizos se conectaran con las nociones de libertad, igualdad y solidaridad nacidas de la revolución norteamericana y francesa. Muy pocos en las elites criollas y menos en los sectores sociales subordinados de la sociedad, conocían el significado de esos conceptos y mucho menos sus prácticas. En Colombia la esclavitud de la población negra se mantuvo hasta mediados del siglo XIX. Pero además nuestras revoluciones de independencia se detuvieron apenas en la separación de España o Portugal y no trascendieron a la realización de una reforma social y económica.

Así, desde el comienzo de su existencia, en estas nuevas formas de organización política encarnaron, en su propia estructura, rasgos que permanecen como realidades anacrónicas, las cuales hay que remover para avanzar en el proceso de desarrollo de nuestros países. Las elites empotradas en esas instituciones políticas lo han utilizado para su beneficio tanto en Colombia como en Brasil, Argentina, Ecuador o Venezuela. Diversos estudios realizados globalmente sobre la región latinoamericana y del Caribe insisten en que el problema de la gobernabilidad democrática en la región esta fundado en la contradicción paradójica que se establece al tratar de mantener un orden jurídico y político basado en la igualdad básica entre los ciudadanos y, al mismo tiempo, preservar el mayor nivel mundial de desigualdad en el acceso a la distribución de la riqueza y de los bienes públicos (Fleury, Sonia.1999; Castañeda, Jorge. 1999). Los propios organismos multilaterales de crédito como el Banco Mundial, lo han señalado. En efecto, según el informe “La Hora de la Reforma” del Banco Mundial publicado en 1998 en la región latinoamericana se presenta el mayor nivel de concentración de la riqueza. Después de Grecia (68%) los tres niveles de mayor concentración de la propiedad se encuentran en la región de América Latina: Colombia (68%), México (67%) y Brasil (63%).

Esta crisis de gobernabilidad es en realidad el reflejo de una crisis estructural que se ha visto potenciada y ampliada por el proceso y el tipo de globalización de la economía mundial. En la base de dicha crisis se destacan tres grandes problemas que no han podido ser superados en la región. La persistencia del patrimonialismo, el autoritarismo y la exclusión social como los rasgos principales de la relación entre el Estado y la sociedad en América Latina. Estas características se han mantenido a lo largo de periodos en que se han elegido democráticamente a los gobernantes, a lo largo de períodos en que los gobiernos los han ejercido dictaduras o dictablandas o en que los gobiernos han sido ejercidos por proyectos populistas; también en fases de un importante crecimiento económico o en períodos de recesión como los que se viven actualmente.

Si se entiende el patrimonialismo como el uso privado de la cosa pública, este rasgo, pone de presente que no existe una separación entre el patrimonio público y privado, que es una de las condiciones esenciales de la conformación del Estado moderno y constituye un prerrequisito para la formación de una esfera pública democrática. Las manifestaciones de este rasgo en la institucionalidad latinoamericana se reflejan en corrupción, uso del erario público para satisfacer redes clientelares del poder, subsidios desde el erario público a los principales grupos económicos, caudillismos y en general formas no públicas sino privadas del ejercicio del poder político.

El resultado es que no hemos podido construir una esfera pública diferenciada de los intereses privados, lo que ha conllevado agudos problemas de legitimidad y descrédito de las instituciones estatales. En la región y en Colombia en particular, el poder público se encuentra profundamente vinculado y al servicio de los grandes conglomerados económicos y financieros, que a su vez, se encuentran estrechamente entrelazados con los circuitos del poder de las multinacionales y del sector financiero internacional. Esto ha impedido el desarrollo no solo de un sector importante de la economía social sino del propio mercado, puesto que a menudo la competencia es sustituida por la proximidad o acceso diferenciado al Estado para la obtención de privilegios y resultados.

En la región no hemos construido un orden democrático estable. Persisten diversas formas de autoritarismo y exclusión política. El autoritarismo se ha manifestado en América Latina y el Caribe durante largos períodos mediante la exclusión de la ciudadanía en la decisión para la conformación de los poderes públicos. Un orden democrático supone no solo el respeto de los derechos humanos sino la existencia de libertades públicas, elecciones periódicas basadas en reglas preexistentes, alternativas del poder en disputa, garantías a la oposición así como la existencia de medios de comunicación independientes. Recientemente con la fragilidad de las reglas del juego y con la inexistencia o en todo caso con la limitación de la separación real de poderes, se han transformado los acuerdos y leyes electorales para permitir la reelección por más de un período a varios presidentes en ejercicio y se han acentuado los poderes del presidencialismo asfixiante que se vive en la región. Todo ello se manifiesta con un marcado predominio del poder ejecutivo en desmedro de las demás ramas del poder público. Los sistemas de rendición de cuentas a la sociedad son muy débiles.

El problema de la exclusión social es clave para tratar de explicarnos la debilidad de los poderes públicos. Este fenómeno se manifiesta principalmente como exclusión de una parte significativa de la población del disfrute de los bienes y servicios producidos socialmente que se manifiesta como pobreza extrema. Una población que sobrepasa los 200 millones de personas se encuentra, según los recientes datos de la CEPAL, en condición de pobreza. Pero la exclusión social se manifiesta no solo con relación a los bienes y servicios, sino que hay una exclusión social con respecto a las mujeres (excluidas de los más altos niveles de la administración pública, de los lugares principales en las listas electorales, no opera el principio de salario igual para actividades similares, etc.) sino también de la población afrodescendiente que no solo no ocupa cargos importantes en el sector público sino que sufre múltiples formas de discriminación racial.

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