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OPINIÓN

 



 

NECESITAMOS PROTEGER LA dEMOCRAcia


El derrumbe parcial del Estado en Colombia


La institucionalidad Colombiana surgida de los pactos del Frente Nacional junto con los intentos tímidamente reformistas al culminar el mismo, muestran profundas debilidades y limitaciones. Los sectores campesinos levantados en armas durante el período de la violencia (1948-1965) no fueron incorporados al sistema puesto que no se produjo una reforma social agraria que fue su principal reivindicación. La apertura política para dar paso a una sociedad pluralista con verdadera competencia por el poder ha marchado muy lentamente. El recurso a la violencia, al asesinato político que queda en la impunidad, siempre ha sido empleado por las elites para mantener su predominio político y su dominación económica. Todo ello dio origen a un proceso lento de fortalecimiento de las guerrillas revolucionarias que surgieron a finales de la década de los años cincuenta y que desde entonces no han dejado de crecer.

El monopolio en el uso de las armas por parte del Estado con base en la sujeción de las mismas al poder civil siempre ha tenido en Colombia excepciones notables en áreas importantes de su territorio. Las guerrillas se hicieron fuertes durante los últimos cuarenta años en amplias zonas de colonización campesina como consecuencia de la débil presencia del Estado en materia económica, social, judicial y política. Durante largos años éstas guerrillas fueron un foco de perturbación, pero, fungieron como poder para mantener una convivencia bajo vigilancia armada en vastos territorios del país. Un sociólogo colombiano William Ramírez Tobón, llegó a hablar de “colonización armada” para dar cuenta de la fundación de pueblos y a la aplicación de normas consuetudinarias que normaban la vida de los ciudadanos en extensas regiones del país.

Sin embargo, estas guerrillas, siguen siendo predominantemente rurales y su capacidad de perturbación o de actuación urbana es sumamente limitada. En los últimos años el aislamiento político de las guerrillas en las clases medias y en las capas populares urbanas, es evidente y ello explica que la modalidad de su actuación en los centros urbanos, sea el de acciones terroristas. No obstante en los últimos años, desde mediados de los años ochenta del siglo pasado, éstas guerrillas se fortalecieron militarmente por los recursos provenientes de los impuestos que cobran a los cultivadores de coca y amapola y más recientemente el impuesto a laboratorios procesadores del clorhidrato de cocaína y heroína. Estos nuevos recursos aunados a la ausencia del Estado han fortalecido la capacidad militar en armamento, en radio de acción y de control sobre dichos territorios.

En los últimos veinte años y ante los avances en el control territorial por parte de las guerrillas y también como reacción al cobro de “vacunas” o impuestos, secuestros y abusos de las guerrillas, sectores terratenientes tradicionales aunados con los narcotraficantes convertidos también en nuevos terratenientes, se dieron a la tarea de organizar grupos de defensa privados que fueron tolerados cuando no abiertamente apoyados por autoridades militares y de policía. Nacieron así los llamados grupos paramilitares que comenzaron una labor de “limpieza social” asesinando campesinos, indígenas, dirigentes sociales, activistas de derechos humanos, y en general, ciudadanos desarmados de quienes los grupos paramilitares sospechan que tienen nexos o favorecen las acciones de las guerrillas. Estos grupos son hoy los responsables del 75% de los asesinatos políticos y actúan en el marco de una amplia impunidad. Su crecimiento no solo se debe al respaldo de los terratenientes sino también al financiamiento que proviene del narcotráfico que es hoy su principal fuente de ingresos y al respaldo, denunciado en no pocas ocasiones por organizaciones nacionales e internacionales de derechos humanos, de sectores de las fuerzas militares.

En amplias zonas del territorio las instituciones del Estado han colapsado o tienen poderes muy limitados. Las guerrillas y los paramilitares controlan territorialmente a los actores sociales y a las autoridades políticas. Los alcaldes y los concejos municipales se ven precisados a gobernar según los designios de los actores armados. Algunos de esos territorios no son marginales económicamente puesto que en ellos además de la coca y la amapola también se encuentran los yacimientos de petróleo o por allí pasan las redes de los oleoductos de los cuales sustraen gasolina que venden ilegalmente y con la cual financian parte de sus actividades. Las compañías nacionales o internacionales se ven frecuentemente extorsionadas por los actores del conflicto y son obligadas a pagar impuestos. En éstos territorios el Estado se ha derrumbado parcialmente puesto que allí no existe el monopolio en el uso de las armas y tampoco existe el monopolio para cobrar rentas o impuestos. Estos dos pilares de un Estado de Derecho se encuentran profundamente debilitados.

Fragmentación y crisis de representación

La sociedad política, formada por las instituciones y los partidos y movimientos políticos, no ha respondido adecuadamente a esta coyuntura. La Constitución de 1991 intentó refundar el Estado sobre una base moderna. Amplio el campo de los derechos ciudadanos, profundizó la descentralización y la democratización al ratificar y extender a los departamentos la reforma descentralista aprobada en el año de 1986. Estipuló la elección popular de los Alcaldes y los gobernadores, aumentó los recursos para los municipios y reconoció derechos y libertades, reformó la justicia, intentó una reforma política mediante la revocatoria del Congreso elegido en 1990, convocando nuevas elecciones en octubre de 1991.

La reforma Constitucional mantuvo el régimen bicameral: la Cámara de Representantes elegida en los departamentos y el Senado de la República elegido mediante una circunscripción nacional. Así mismo, creó una circunscripción nacional especial, en el Senado, con dos curules para los indígenas y una circunscripción especial en la Cámara para residentes en el exterior, minorías y comunidades negras. La reforma aprobó un régimen de inhabilidades e incompatibilidades fuerte, todo ello con el propósito de lograr una sociedad política más pluralista, más democrática y menos clientelista.

La reforma aumentó los poderes en manos del Congreso de la República, organismo que fue dotado de la capacidad para aprobar mociones de censura a los ministros, ejercer control político, ratificando sus poderes para la aprobación del presupuesto de la Nación y limitando los poderes del Ejecutivo en los llamados estados de excepción. No obstante, el Congreso de la República ha mantenido su dependencia del Ejecutivo, nunca ha hecho uso de la Moción de Censura y ha negociado su independencia a manos del ejecutivo a cambio de prebendas y auxilios parlamentarios.

Una de las transformaciones más significativas de esta reforma constitucional fue la creación de la Corte Constitucional como mecanismo de control constitucional y como Tribunal de Derechos Humanos. Durante su existencia, un poco más de doce años, ésta Corte ha mantenido una interpretación progresista de la Carta y ha protegido mediante sus decisiones, los derechos y libertades de los colombianos mediante sus fallos de Tutela y sus sentencias de control a las leyes y a los actos administrativos. Este fue uno de los mayores aciertos de la Carta Política.

El resultado del conjunto de las reformas en materia política es contradictorio. Por una parte se ha avanzado en la pluralización de la sociedad política sobre todo en el ámbito de los gobiernos municipales y departamentales, toda vez que sectores nuevos e independientes, han llegado a alcaldías y gobernaciones, sin afectar de manera significativa la representación en el Congreso de la República que sigue estando principalmente en manos de los sectores tradicionales muy ligados al poder terrateniente y dóciles frente al ejecutivo presidencialista y a los grandes conglomerados económicos y financieros. Pero al mismo tiempo profundizó la fragmentación política provocando una profunda crisis de representación al flexibilizar al extremo la posibilidad para formar partidos políticos sin mayores requisitos.

La crisis de la política lejos de detenerse se ha profundizado con el derrumbe parcial del Estado. Varios factores han influido de manera determinante para que se profundice la crisis de representación y de legitimidad política y para que el Nuevo Orden Constitucional nacido en 1991 no haya podido desplegar su potencial de cambio y transformación de la realidad política.

El primer factor, lo constituyó la incapacidad para vincular al proceso constituyente a las guerrillas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC y al Ejército de Liberación Nacional, ELN. Al proceso constituyente se vinculó un importante sector de las guerrillas que habían firmado acuerdos de Paz y que se agruparon en la Alianza Democrática, M19. En este agrupamiento confluyeron las guerrillas del Movimiento 19 de abril, M19; El Ejército Popular de Liberación, EPL; y el Partido Revolucionario de los Trabajadores, PRT, que junto a un importante sector de la intelectualidad democrática conformó este nuevo agrupamiento político que obtuvo un significativo e importante 27% del total de la votación a la Constituyente. La guerrilla indígena legalizada apoyó listas de sus comunidades las cuales obtuvieron dos escaños en la Asamblea Constituyente. No obstante, ni las FARC ni el ELN concurrieron a la Constituyente. El mismo día de su elección, el 9 de diciembre de 1990, el Ejército Colombiano con la asesoría norteamericana atacó el cuartel de las guerrillas en que se encontraba el Secretariado de las FARC. Desde entonces las FARC y el ELN se han mantenido por fuera del ordenamiento constitucional de 1991.

Un segundo factor de descrédito e ilegitimidad de los partidos políticos deriva de las íntimas y profundas relaciones que tradicionalmente, en las tres últimas décadas, ha mantenido un amplio sector de la clase política tradicional con el narcotráfico y con el paramilitarismo. Este factor hizo metástasis con el financiamiento de la campaña electoral que llevó a la Presidencia de la República al liberal Ernesto Samper Pizano, elegido en el año de 1994. Pese al proceso que termino con una docena de parlamentarios presos y despojados de sus investiduras por nexos comprobados con el narcotráfico, la corrupción se mantiene y la opinión pública no siente confianza porque además siguen los vínculos de esa clase política tanto con sectores del narcotráfico como con los grandes conglomerados económicos y financieros que se les conoce en Colombia como los “cacaos” quienes además son dueños del 82% del total de los medios de comunicación. Más recientemente, quizás en los últimos diez años, la representación política ha sido influida de manera significativa por los actores armados ilegales, pero, principalmente por los grupos paramilitares. En efecto, en las elecciones para autoridades locales y regionales del 26 de octubre de 2003 hubo candidatos únicos en departamentos como Magdalena o Cesar en que se impuso esta modalidad por parte de los grupos paramilitares y así sucedió en cientos de municipios del país. Los grandes medios de comunicación hicieron eco a las afirmaciones de Carlos Castaño y Salvatore Mancusso que señalaron que en las elecciones parlamentarias del año 2002 sus protegidos y candidatos habían obtenido el 35% del Congreso de la República.

Ninguna investigación judicial se ha iniciado por estas afirmaciones ni por las denuncias sobre la coacción de grupos armados ilegales, guerrillas y paramilitares, sobre los electores y/o sobre las autoridades locales o regionales. Una de las peores consecuencias de la extensión del conflicto armado ha consistido en el deterioro y crisis de las instituciones estatales en los niveles territoriales: pérdida real de los derechos políticos de los ciudadanos por coacción armada; saqueo de los recursos públicos municipales por parte de los actores armados, guerrillas y paramilitares, con lo cual se deconstruye uno de los principios básicos de la democracia que es el carácter “intocable”, “sagrado” de los recursos públicos; deterioro de las libertades civiles de residencia y movilización , que se expresa como desplazamiento masivo. Esta violación a la carta de los derechos humanos ha afectado en los últimos quince años a más de 2.7 millones de colombianos y colombianas, un 65% de los desplazados son mujeres y menores de edad.

Pero además este descrédito esta relacionado con actos de corrupción con dineros del erario público y con el favorecimiento, a través de las leyes, de los grandes conglomerados económicos y financieros y con la nula reivindicación de las necesarias reformas en el terreno económico y social a favor de los sectores populares y de las capas medias.

Precisamente un tercer factor que limitó la reforma política de 1991 es que la Constituyente de dicho año no realizó una importante reforma en el terreno económico y social. La Constituyente dejó incólume el régimen de propiedad y de concentración del ingreso y de la renta. En el nuevo orden constitucional se ha favorecido la concentración del ingreso en pocas manos y se ha profundizado la exclusión y la pobreza. Según datos recientes de la CEPAL, 26 millones de Colombianos están bajo la línea de pobreza y 13 millones están rondando la miseria. En este sentido las necesarias reformas económicas y sociales siguen esperando nuevos escenarios y nuevas fuerzas políticas. En parte, los argumentos esgrimidos por las guerrillas contra el orden constitucional están relacionados con esta realidad.

La Constituyente tampoco fue a fondo con la reforma a las Fuerzas Militares y de Policía. Instituciones como el fuero militar no fueron delimitadas y pese a las interpretaciones progresistas de la Corte Constitucional, buena parte de la impunidad en que se mantienen las violaciones a los derechos humanos por parte de los militares, tiene su sustento en este vacío constitucional. En una escalada del conflicto, como la que se presenta en Colombia, el poder de las Fuerza Armadas se incrementa y los nexos comprobados muchas veces y denunciados otras tantas entre éstas fuerzas del Estado y los paramilitares, los cubre el denso manto de la impunidad.

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