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La Crisis de los Actores Políticos
Pero al mismo tiempo la crisis de los partidos y
movimientos políticos se profundiza y amenaza
seriamente con lo que queda de la estabilidad
institucional en su conjunto. Hay entre los
estudiosos de dicha crisis un amplio consenso
sobre los principales factores que la conforman.
Esta crisis la podemos relacionar con (1) la
ausencia de programas y de debates programáticos
frente a los principales problemas del país, lo
cual ha dado como resultado una indiferenciación
ideológica y un vacío en la formulación de
propuestas políticas serias en relación con temas
como el empleo, el manejo de la política
macroeconómica, presa de una Junta Directiva del
Banco de la República que mantiene políticas
ortodoxas monetaristas y neoliberales insensibles
a los problemas de la exclusión y de la pobreza.
Ha habido, como en otros países de América Latina,
cambios en los partidos de gobierno, pero no ha
habido cambios en el modelo de desarrollo
inspirado en los dogmas del pensamiento único
neoliberal; (2) las políticas macroeconómicas
quieren garantizar a toda costa el pago de la
deuda interna y externa no importa si su
aplicación generaliza la pobreza y estrangula
sectores productivos; (3) se ha profundizado la
fragmentación política en la cual cada
parlamentario es dueño de su propia microempresa
electoral. Existen hoy en Colombia 65 Partidos con
Personería Jurídica. Los partidos naufragan en
medio de la lucha más férrea de los intereses
particulares de los parlamentarios, de paso se
acabó con la disciplina de partido y es frecuente
que un parlamentario elegido con unas tesis a los
pocos meses termine defendiendo las políticas que
prometió combatir a cambio de prebendas
clientelistas; (4) los partidos carecen de
estructuras democráticas y son un apéndice de las
fracciones parlamentarias en las cuales priman los
intereses de corto plazo. No hay derechos de los
militantes para decidir sobre políticas y
programas, mucho menos sobre los candidatos a las
elecciones para ocupar cargos públicos.
A los males anteriores hay que agregar la
corrupción y el clientelismo. La política se ha
convertido en un negocio. Los candidatos
comprometen su ejercicio parlamentario a cambio
del financiamiento de sus campañas electorales.
Todo ello es estimulado por la ausencia de una
legislación sobre el financiamiento de las
campañas, las listas únicas, el umbral, y en
general de una reforma política que democratice la
vida interna de los partidos y que contribuya al
rescate de la política para que ella sirva a la
construcción de una sociedad menos excluyente y
más equitativa. De todos los problemas del país,
el rescate de la política para que aboque las
grandes transformaciones sociales y económicas, es
primordial.
Una salida a medias
En medio de esta crisis la clase política vacila
entre el efectismo y las salidas más estructurales
a la crisis, Hasta ahora ha podido más el
efectismo.
En contra del Gobierno de Alvaro Uribe Vélez, el
Congreso de la República en un inusual acto de
soberanía aprobó una reforma política mediante la
promulgación de un Acto Legislativo que tiene como
propósito fundamental el fortalecimiento de los
partidos en contra de la fragmentación y de las
microempresas electorales. El proyecto de origen
parlamentario encontró bastantes trabas y
oposiciones del gobierno, que calificó la decisión
del Congreso como un palo en la rueda del
Referendo que en ese momento impulsaba el
presidente Uribe, preso de una encuestas amañadas
y amarradas por sus socios, que le han dado desde
el día de su posesión un margen de aceptación y
apoyo del electorado superior al 60% de los
colombianos, pero que como lo mostró el Referendo,
es un respaldo mediático lejos de la realidad de
los colombianos.
La reforma política dejó por fuera temas cruciales
de los que hemos mencionados atrás, pero algunos
de sus contenidos marchan en la dirección, en
nuestro juicio adecuada, de fortalecimiento de los
partidos. El Acto Legislativo aprobó las listas
únicas opcionales entre la lista cerrada o la
lista abierta con voto preferente, es decir, un
partido político puede presentar una lista en que
el ciudadano elector vota en el orden que
establece el partido sin derecho a modificar el
orden, o vota por una lista y al mismo tiempo
marca el candidato dentro de la lista que él o
ella considera que deber ser el o la elegida. Esto
último es lo que se llama lista abierta con voto
preferente.
Así mismo, la reforma estableció que un Partido
solo puede avalar a un candidato cuando la
elección es uninominal, o sea, que solo puede
presentar un candidato a la alcaldía de un
municipio o a la gobernación de un departamento.
Además estableció que sólo pueden elegir
concejales o diputados aquellas listas que tengan
la mitad del cuociente electoral que resulta de
dividir el total de votos válidos por el número de
curules que se vayan a elegir. Entre las listas
que obtengan el medio cuociente se debe aplicar,
para el reparto de las curules, la cifra
repartidora, esto es, que todos los diputados o
concejales deben entrar con el mismo número de
votos. Este fue el sistema electoral empleado para
las elecciones de alcaldes, gobernadores,
diputados y concejales en las elecciones del 26 de
octubre de 2003. La reforma también aprobó la
puesta en marcha, a partir de las elecciones del
año 2006, de un umbral del 2% del total de los
votos válidos. Esto quiere decir que solo se
tendrá en cuanta, para el reparto de las curules,
a aquellos partidos o movimientos políticos que
tengan una votación superior al 2% del total de
los votos válidos depositados en esas elecciones.
Los partidos que no tengan esa votación no
dispondrán de personería jurídica.
La reforma dejó por fuera asuntos fundamentales de
una verdadera reforma política democrática, que es
primordial, para avanzar en la construcción de una
sociedad más incluyente y una sociedad política
más democrática. El financiamiento público de las
campañas, es un asunto crucial para el logro de
una independencia política de los movimientos y
los partidos políticos. A través del
financiamiento privado de la política las élites
controlan fácilmente la actuación y la agenda
política de los parlamentos. Falta también en la
reforma un estatuto que otorgue derechos a los
militantes tanto en las decisiones internas sobre
dirección, programas, organización, como también,
derechos para la confección de las listas y la
definición de las candidaturas a los cargos de
elección popular. Es, pues, una reforma a medias
que contribuirá a resolver la fragmentación, pero,
que no resolverá el problema de la independencia
de la clase política de los grandes poderes
económicos ni tampoco el problema de la
democratización y modernización de los partidos
políticos.
La ausencia de partidos políticos y la
fragmentación de la sociedad política han
provocado una aguda crisis de representación en
dónde nadie se siente representado en nadie y que
en el plano de la gobernabilidad, se traduce en el
aplazamiento y la falta de decisiones en torno a
problemas claves y estratégicos para el país.
Entre dichos problemas se encuentra la crisis del
sector agrario hundido en la más profunda recesión
durante los últimos diez años, la falta de una
política para confrontar el fenómeno del
paramilitarismo, la ausencia de acuerdos básicos,
de Estado, para negociar con las guerrillas, los
ajustes y cambios profundos que requiere el modelo
de globalización especulativo, la atención
adecuada a los cientos de miles de desplazados
como consecuencia de la agudización del conflicto
armado y una estrategia andina para enfrentar el
problema de los cultivos ilícitos y del
narcotráfico. Esto son apenas algunos de los
principales problemas de la Agenda urgente para no
hablar de las políticas más duras de generación de
empleo e ingresos para los 26 millones de pobres
que nos han dejado tanto los neoliberales como los
partidos tradicionales o la renegociación de la
deuda interna y externa para afrontar el déficit
fiscal.
La reforma política que requiere el país debe
llevar a la refundación de las colectividades
políticas mediante el recurso a los militantes, a
las bases, a la sociedad para refundar la propia
representación y delegación de los ciudadanos en
sus representantes. Para ello se requieren
ciertamente leyes, pero, antes que nada se
requiere recuperar la confianza de los ciudadanos
en la política y su confianza en los proyectos y
en los sueños de un país con equidad y en paz.
El proyecto de Uribe: retorno al pasado
Sobre el fracaso de las negociaciones emprendidas
en 1998 entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias
de Colombia, FARC y el gobierno del Conservador
Andrés Pastrana Arango, se levantó el proyecto de
Alvaro Uribe Vélez quien contrario a una paz
negociada levantó las banderas de la derrota y
aniquilamiento militar de las guerrillas. Este
proyecto pretende una rendición incondicional y
una entrega de las armas por parte de los grupos
guerrilleros y apuesta, con la ayuda del gobierno
de los Estados Unidos, por un sometimiento armado
de los guerreros que se reclaman izquierdistas.
Este proyecto está en marcha con el aumento del
pie de fuerza, con la multiplicación de los
recursos económicos y con el cada vez mayor
protagonismo e injerencia de los Estados Unidos
que ha incrementado los recursos económicos
destinados a fortalecer la estrategia de guerra en
Colombia con el argumento del combate al
terrorismo y al narcotráfico. Uribe levantó una
propuesta contrainsurgente bajo la denominación de
política de “seguridad democrática” que implica
como eje de su proyecto el recorte de las
libertades civiles y políticas, el desmonte de la
incipiente división de poderes, el sometimiento de
las fuerzas paramilitares mediante un proyecto que
les garantice una amplia impunidad y su conversión
en fuerza política de derecha y en el plano
económico la profundización del modelo de apertura
neoliberal sin una significativa y real política
social. Por el contrario, en el centro de su
proyecto se busca el recorte de garantías mínimas
conquistadas por los trabajadores, algunas ya han
sido aprobadas, tales como recortes al pago de
horas extras, festivos, extensión de la jornada
para favorecer a los patrones con el pago de
menores salarios, etc. y se encuentran dentro de
la agenda temas tales como la reforma pensional y
el debilitamiento de las entidades públicas de
salud y pensiones para favorecer los fondos y las
empresas privadas prestadoras de servicios de
salud.
En el plano político el proyecto del Presidente
Álvaro Uribe, es antidemocrático y compromete
seriamente no solo el desarrollo y consolidación
del Estado Social y Democrático de derecho
contemplado en la Constitución de 1991, sino que
compromete el desmonte de la misma carta política
en contenidos fundamentales. Esta afirmación no es
retórica, de hecho, con la aprobación por el
Congreso de una reforma constitucional llamada
“antiterrorista” comenzó a fondo el desmonte de la
Constitución de 1991 y con este desmonte el ataque
frontal a los derechos y a las libertades para
volver al viejo orden, en que los ciudadanos
quedan sin derechos frente a las instituciones
estatales. Esta reforma confiere facultades de
Policía Judicial a las Fuerzas Armadas, autoriza
los allanamientos, las detenciones y la
interceptación de las comunicaciones sin orden
judicial previa y permite que el gobierno obligue
a los ciudadanos a informar sobre su sitio de
residencia. Esta reforma está siendo reglamentada
actualmente por el Congreso de la República y se
espera que entre en vigencia a mediados del
presente año. La Corte Constitucional tiene que
resolver una demanda que ha sido presentada por
decenas de organizaciones sociales tanto por
vicios de trámite como también por la violación de
tratados internacionales en materia de derechos y
libertades que obligan a Colombia como el tratado
intermericano de los derechos humanos y el Pacto
de los Derechos Civiles y Políticos de San José de
Costa Rica. El argumento sólido de los demandantes
es que de acuerdo con el artículo 93 de la
Constitución Política estos tratados prevalecen en
el orden interno sobre la reforma aprobada. Esta
decisión tendrá que tomarla la Corte
Constitucional con toda seguridad antes del mes de
julio del presente año.
Un segundo ataque a fondo, promovido por Uribe, no
ha prosperado hasta ahora y se refiere al desmonte
de la división de poderes y sobre todo a la
autonomía de la rama judicial reivindicada y
practicada durante los últimos doce años por la
Corte Constitucional. En esencia, el proyecto de
reforma, presentado por el gobierno, quiere
limitar los poderes de la Corte Constitucional en
los siguientes aspectos (1) eliminar los controles
constitucionales a los decretos de estados de
excepción, (2) limitación de las tutelas contra
sentencias judiciales, (3) eliminación de las
tutelas que reclaman derechos económicos, sociales
y culturales. Para arrasar con la Corte
Constitucional se buscaría además cambiar su forma
de elección y requisitos como edad, experiencia,
etc.
Un tercer ataque frontal al orden constitucional
democrático lo constituye el incremento del poder
presidencialista y en general, bajo la vieja
formula de la Constitución de 1886, el
fortalecimiento del poder ejecutivo en desmedro de
las restantes ramas del poder público. La
propuesta de reelección inmediata y la negociación
abierta y descarada de cargos para los partidos
que la apoyen es parte de ese proyecto; la
propuesta de creación de un tribunal de justicia
para resolver los problemas judiciales de los
grupos paramilitares, tribunal que dependerá de
manera directa del Presidente de la República, es
otro de los proyectos que está en marcha; la
propuesta de eliminación del Consejo Superior de
la Judicatura y su reemplazo por una junta
directiva con directa participación del ejecutivo
es otra muestra de lo que venimos señalando. La
mayor parte de las propuestas de reforma
constitucional buscan el fortalecimiento del poder
presidencial, a la usanza, del viejo orden
oligárquico contenido en la vieja constitución de
1886 de la cual Uribe ha resultado ser un profundo
admirador.
Al mismo tiempo que promueve todo ese paquete
contrarreformista el gobierno de Uribe se mueve
diligentemente en el desmonte del aparato
paramilitar sin esclarecimiento de los horrendos
crímenes de los que son responsables, sin claros
mecanismos de reparación de las víctimas, las
cuales, dicho sea de paso, han sido totalmente
desconocidas e invisibilizadas en las propuestas
del gobierno. Esa negociación con los
paramilitares es una necesidad que el país
reclama. Incluso al final del proceso seguramente
tendrá que negociarse las penas y la manera como
deben pagarlas, pero, todo ello deberá hacerse
preservando el principio de verdad, justicia y
reparación para la reconciliación. En verdad el
debate y la política pública frente al
paramilitarismo debe resolver el problema de los
delitos de lesa humanidad, de genocidio y los
crímenes de guerra, política que no puede violar
el derecho internacional de los derechos humanos
que hoy, por fortuna, tiene como mecanismo para su
defensa al Tribunal Penal Internacional. Pero
dicha política tiene que resolver también el
problema de los delitos conexos y principalmente
las relaciones del paramilitarismo con el
narcotráfico. En la reciente reunificación de las
Autodenfas Unidas de Colombia volvieron a ingresar
los principales varones paramilitares que tienen
una amplia participación en actividades
relacionadas con el narcotráfico. Relacionado con
el punto anterior la política pública deberá
ocuparse de resolver el problema de la extradición
en un gobierno que ha extraditado más colombianos
que cualquiera otro en la historia reciente de
Colombia.
Un asunto mucho más espinoso es el que tiene que
ver con los nexos del paramilitarismo con las
Fuerzas Armadas y de Policía y con su apoyo
económico en redes de terratenientes y
empresarios. Si Uribe quería un proceso privado
era justamente por que una política pública frente
al paramilitarismo tiene que ver con estos asuntos
como también con el destino de los bienes
adquiridos mediante la violencia y el
narcotráfico.
Así, pues, el proyecto de Uribe es contrario al
Estado Social y Democrático de Derecho y trabaja
denodadamente por su desmonte. Si lo logra los
colombianos habremos regresado a la premodernidad
política y a la ausencia de carta de derechos y
libertades. Este es el tamaño de la
contrarreforma.
Bogotá, Abril de 2004.
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